San Miguel Arcángel pesando las almas en el Juicio Final

sábado, 17 de febrero de 2018

Mons. Pedro Casáldiga, subversivo confeso. Nada para alabar


Mons. Pedro Casáldiga, subversivo confeso.
Nada para alabar.

¿Cómo distinguir las experiencias «sobrenaturales» verdaderas? Teólogo y exorcista dominico lo explica en este libro


 


Secretaría RIES, el 15.02.18 

Cuando alguien recibe una revelación particular, oye algún mensaje sobrenatural o es testigo de una aparición… ¿cómo puede saber si se trata de una alucinación o un problema mental? Y si el origen no es natural, ¿cómo discernir si viene de Dios o del demonio? Por otra parte, ¿cómo se diferencia a un vidente cristiano de un médium?

A todas estas preguntas contesta el libro Místicos, videntes y médiums. Análisis comparativo entre las diversas experiencias del más allá, escrito por el sacerdote dominico y exorcista François-Marie Dermine. Un libro que fue publicado en 2002 por la Libreria Editrice Vaticana (la editorial de la Santa Sede) y que por fin puede leerse en español.

La traducción ha estado a cargo del P. Rafael María Rossi, dominico argentino e integrante de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES). Unos meses después de publicarse la edición argentina, la RIES ha hecho posible su difusión también en España.

El autor y su obra
El P. François-Marie Dermine O.P. (Saint-Hyacinthe, Canadá, 1949) es sacerdote dominico y doctor en Teología, profesor de Teología en la Facultad Teológica de Emilia-Romaña y exorcista de la Diócesis de Ancona. En 1984 fue cofundador del GRIS (Grupo de Investigación e Información Sociorreligiosa), del que actualmente es presidente.


En este libro nos explica con fuerza científica y teológica lo que hay de cierto y de falso en las prácticas religiosas de relación con el más allá: Dios, los ángeles (buenos o malos), los “espíritus” (así en general) y las almas de los difuntos, estén en el Cielo, en el Purgatorio o en el Infierno. Como Dante lo hiciera por medio de la literatura teológica, aquí caminaremos por las sendas de las ciencias, aunque siempre iluminados por la luz de la Revelación.
Espiritismo clásico y New Age (médiums), chamanismo, filosofías y prácticas esotéricas, éxtasis y vacío mental, supersticiones; judaísmo, islam, neoplatonismo pagano… para finalmente encontrarnos con los verdaderos místicos cristianos, reconocidos por la Iglesia y por la Tradición.

Su investigación, a lo largo de 395 páginas, abarca un amplio arco de ciencias relacionadas con el tema, tanto de Oriente como de Occidente, pero lógicamente conoce mejor el “más allá” occidental que el oriental, sobre el cual incursiona como “de lejos”.

Tenemos un libro profundo y a la vez útil para la tarea cuasi cotidiana de los sacerdotes, la sutil tarea del discernimiento espiritual, para descubrir lo que es de Dios, lo que es del hombre y lo que es del diablo, “que anda rondando como león rugiente, buscando a quién devorar”.

Cómo adquirir el libro
La RIES ha publicado una edición limitada que puede adquirirse contactando directamente con su Secretaría para España (ries.secr@gmail.com) al precio de 15 euros (más 5 euros de gastos de envío para el territorio nacional).

Las personas que tengan interés en esta obra en América Latina, pueden dirigirse a la librería que lo distribuye desde Córdoba (Argentina): Lectio (tel. 0351 - 424 0578, librerialectio@arnet.com.ar).
(http://www.infocatolica.com/blog/infories.php/1802150106-icomo-distinguir-las-experien)

lunes, 22 de enero de 2018

Tres mujeres “jugaron” a la ouija y lo que ocurrió aterrorizó a todos


El tablero ouija no es un juego, es invocar al Demonio en persona.

Alvaro Real | Sep 24, 2017

Hasta la Policía dejó constancia de un fenómeno paranormal
Ocurrió en 1994 y tuvo eco en toda la prensa nacional. Fue en Linares, en Jaén. Según explica el Diario Jaén: “Dos mujeres y una menor se “atrevieron” a participar en una sesión de ouija y ahí comenzó todo”. Tras esto, los acontecimientos se sucedieron.

La mesa en la que jugaban comenzó a temblar, los cuadros volaban y hasta las cortinas fueron arrancadas de las ventanas. Los radiadores no paraban de moverse y las jóvenes intentaron salir del apartamento. No podían, una fuerza se lo impedía. Aterrorizadas decidieron entonces llamar a la policía.


© Gabriel Molina
La Policía Nacional se acercó al lugar de los hechos pero no pudieron solucionar nada. Más bien quedaron impresionados y conmocionados por lo que estaba ocurriendo. No daban crédito y no sabían qué hacer. Estuvieron investigando si había algún mecanismo que hiciera que los cuadros se movieran, que todo en la casa estuviera “patas arriba”. Nada no hubo manera.

Decidieron salir de el lugar y llevar a las mujeres a comisaría para tomarlas declaración. Pensaban que así podían dejar de vivir estos elementos extraños. Se equivocaban. En la Comisaría los fenómenos extraños se repitieron. Ante tal acontecimiento la Policía se limitó a tomar testimonio y levantar acta sobre lo sucedido.

Según explicaron las tres mujeres, ese día decidieron usar la ouija y se comunicaron con un niño que se llamaba Agustín. Tras hablar con él comenzaron los hechos, se asustaron y dieron por finalizado “el juego”.

La Policía intentó volver a entrar al apartamento pero uno de los agentes resultó herido luego de que una fuerza sobrenatural lo empujara con increíble fuerza a lo largo del pasillo. Uno d los policías allí presentes estuvo varios años de baja por fuertes secuelas psicológicas.

Éste caso, el llamado como “caso Linama” quedará en la historia de los sucesos ocurrido al utilizar la “ouija”. No fue el más llamativo, ni el más extraordinario, pero se trata de uno de los pocos casos en los que existe un parte policial, una investigación y un registro. Nadie duda de lo que allí ocurrió e incluso la policía dio fe del extraño acontecimiento.
(https://es.aleteia.org/2017/09/24/tres-mujeres-jugaron-a-la-ouija-y-lo-que-ocurrio-aterrorizo-a-todos/)

La televisión, sagrario de Satanás


martes, 9 de enero de 2018

Testimonios desde el Infierno (2)

  Recomendamos muy encarecidamente la lectura de este material, cuya única finalidad es “SALVAR ALMAS” En estas líneas encontraran, las mujeres casadas sanos consejos y claras advertencias sobre las consecuencias de este grave pecado, asi como podrán aprender a enseñar a sus hijas sobre los peligros del adulterio y como escapar de él. Advertimos también que el hombre no está exento de tan terrible pecado.

   Si no se les hace inteligible alguna parte del artículo por la manera en que se expresa el autor. Nos lo hacen saber y se lo explicaremos con gusto.

   Y te juzgaré como son juzgadas las adulteras, y las que derraman sangre; y te haré víctima de furor y de celos. Ezequiel Cap. 16,  Vers. 38.

   ¡Oh! Mujeres, no necesitáis  más que oír las escrituras, para confundiros, porque en él para aterrar Dios al Pueblo que mató a Cristo, dice, que lo ha de juzgar con el rigor que a las adulteras, ¡O qué asombro! Ved, cual será, o adulteras, el rigor con que se ha de juzgar esta culpa, cuando amenaza Dios con él para espantar a otros, ¿Cuál será, cuando aún en el divino idioma, se alza con la antonomasia de los rigores? ¿Cuál será, cuando guarda este rigor, para encarecer su ira? En fin, es el pendón negro, que enarbola su justicia, quando se desafuera: “judicabo te judidiciis adulterarum”.

   Repara, que no dice a juzgarlos con el castigo de los adúlteros, sino de las adulteras; y es, porque como es más grave esta culpa en la mujer que en el  hombre es también más grave su pena. Es más grave su culpa, ya porque rompe más frenos para caer, pues además de los espirituales quebranta los de su natural modestia; ya porque regularmente da ocasión al pecado, pues no surtiría efecto, si ella no hubiera dado, o permitido la causa. Por esto amenaza Dios con el castigo en las escrituras, no de los adúlteros, sino de las adulteras: Adulterarum.

   Prosigue diciendo, se portará como el marido celoso, que encuentra a su mujer adulterando. Notad, que en este delito, a diferencia de otros, se embravece el marido con una ira, que ni da, ni toma tiempo para la venganza, que ni la compasión lo mitiga, ni ruegos lo templan; antes, echando por tierra a cuantos se interponen, se arroja con una daga desesperado a ella; y después de haberla degollado, reproduce en su pecho tanta herida, que a no quedar sobradamente muerta del acero, muriera anegada de su sangre: Et dabo te in sanguinem. Usa Dios de este símil, porque entre los humanos es el más inexorable, no porque esta ira sea ni aun sombra de la suya. ¿Qué tiene que ver un castigó con otro? Pues allí, la adultera, ya (puede aunque no suceda) entre los agonizantes vuelcos de la muerte salvar con una contrición su alma; pero Dios quita la vida temporal, y el tiempo para la eterna. Esta sí que es venganza digna de temerse (Luc. 12. V. 5.) “Voy a deciros a quién debéis temer: Temed aquel a aquel que, después de haber dado la muerte, tiene poder de arrojar  en la Gehenna. Sí, os lo digo, a Aquel temedle”

   En fin, para que conozcas el exceso, dice en las escrituras, que no solo te ha de castigar cómo poseído de celos, si no de furor: Et dabo te in sanguinem furoris, celi. La ira de los celos compara la escritura al Infierno: Dura sicut infernus emulatio. Luego, si a la ira del Infierno se añade la del furor, ya no hay con quien compararla por no haber extremo que aventaje a la ira del abismo. Considera, pues, a un Dios sumamente Omnipotente sumamente; sobre airado, celoso; sumamente celoso, enfurecido: ¿hasta dónde llegará con su venganza? Por esto le rogaba David no lo castigara tomado del furor: Ne in furore tuo arguas me. ¿Y tú, o delicada, y pobre mujer, no temes lo que hacía temblar a un David, que no temía Osos, ni Leones?

   No temes nublado tan sangriento, porque te lo finges muy distante: ¡pero ha desventurada, cuan presto caerá sobre tí este aguadero de tempestades! ¿Tiénete consolada la seguridad de que no hay riesgo de que tu marido, vea, sepa, ni castigue tu traición, y no te aflige el que la Vé, la sabe, y la ha de castigar todo un Dios, armado de ira, furor, y celos?

   Un remedio tienes para tu enmienda, que es temer a Dios más que a tu esposo; asi no ofenderás a tu esposo, ni a Dios; porque a diferencia del marido, Dios siempre te verá, y tu esposo por no ser a su vista desleal, (por no verte) siempre le parecerás fiel. Y no harás mucho con esto; pues si temes más a una araña, que te corre por el hombro, que a un  mosquito, porque la araña te puede hacer más daño; más debes temer a Dios, que al marido, pues cuantas muertes podía darte éste, son un mosquito, respecto del mal que puede hacerte Dios; pues todo el mal de aquel no puede pasar del cuerpo: razón por que no merece ser el más temido; pero el de Dios se extiende a la perdición eterna, y temporal de tu alma, y Cuerpo; que como es todo lo que hay que perder, es solamente lo que es digno de todo tu temor: No te digo más, que lo que Cristo por San Mateo 16 Ver. 26: Porque ¿De qué sirve al hombre si gana el mundo entero, más pierde su alma?… Verdad es, que no ha de ser un temor dé Dios, como el asido con alfileres, que en llegado la tentación te lo desprendas, sino un temor clavado en el pecho, como lo pedía David. Y si el motivo era el temor de los juicios, adultera, cual ha de ser el tuyo. No hay otro medio para evadirlo, que desde ahora clavar este temor de Dios en tu corazón, y tu corazón en él, como Susana, que se resolvió a perder la vida, mas no la honra suya, y de los suyos, por no cometer un adulterio, un adulterio que no lo había de saber la tierra entera; y nada temió, según el Crisóstomo, por temer solo a quien nada se le esconde, que es Dios. Y esta honrada y generosa determinación le valió no perder la honra, ni la vida con que le amenazaban, y ganar para con los hombres; honra, mientras el mundo fuere mundo; y para con Dios honra, y alabanza, mientras Dios fuere Dios.

   Ya, pues, o casada, te mostré el agua, y el fuego y extiende a tu elección la mano, hacia el agua de la pureza que te salve, o hacia al fuego de la lascivia,  para que te abrase, y te Condene. Dios, que es verdadero por naturaleza, te desengaña para que no te dejes engañar del hombre, que por su naturaleza es mentiroso. Ese amor que te muestra el hombre, sabe que no es a tí sino a sí mismo: no ama tus méritos, sino a su pasión.

   No caigas en el error que yo, (condenada por adultera)  y no trates de apegarte de esas ficciones. Mira con qué ansia, con qué sed, y a costa de qué inclemencias solícitas sigue un Cazador a la perdiz, o liebre, las cuales, aun sin discurso no estiman, antes huyen de quien las busca, por saber no las siguen, ni desean por afecto a ellas, sino por satisfacer su gusto al Cazador que es el de quitarles la vida.

   Considera, o simple mujer, que por lo mismo, y para lo mismo te obsequia, sigue y busca ese mal hombre, no por admiración a tu persona, sino para satisfacer a su apetito; no para darte obsequio sino, para quitarte la mejor vida.

   ¿Cómo puedes creer que te quiera bien, aunque lo exprese el que te solicita, y desea tanto mal? ¿Pues qué, si supieras lo que en su concepto desciendes, si condesciendes, no es ponderable lo que bajas, aun en su estimación misma, qué será en la de los que, o lo saben, o lo presumen?  Con que para con ninguno ganas, y pierdes para contigo, para con Dios, para con los hombres, y aun para con el mismo cómplice: Y después de perdición tan universal en esa vida, te espera en esta un juicio, y rigor, que no tiene ejemplar, y que sirve de ejemplar para explicar Dios con él sus rigores más graves, y juicios más horrendos.


“GRITOS DESDE EL INFIERNO”


Dr. José Boneta

Testimonios desde el Infierno

Gritos de un casado condenado al infierno




   Cristianos, casados como cristianos, pues lo sois. Diferenciase vuestro matrimonio del Gentil en la razón de Sacramento: Luego si no os hacéis cargo de esta razón, casáis como Gentiles, y aún más culpablemente: porque el Gentil que casa en pecado no comete sacrilegio, el cristiano sí. El Gentil invoca Dioses falsos en su boda, y el cristiano invoca a los mismos en la suya, porque en sus músicas no se oye otro Dios que el Dios Cupido; ¿pues qué falta para que se tengan vuestras bodas por bodas de Gentiles, si son unas en el contrato, y en lo que sé habían de distinguir son lo mismo?

   A quien llama para esta función deidades falsas, ¿cómo no han de corresponderle calamidades verdaderas? A los Novios de Cana, (Juan.2.) que llamaron a su boda a Cristo, les dio toda consolación, significada en aquel vino que milagrosamente les produjo. Qué si muchos no gozan de estos consuelos pues no lo llaman (a Jesús) en sus bodas. Y qué mucho que después aunque los llamen no los oiga. Y que, como Elias dijo a los otros: (3. Reg. 18.) Acudid a el falso, Dios Baal, a quien implorasteis, que Dios, con la ironía propia, cuando estos lo llamen en su pobreza, e infortunios, les diga : Andad allá al Dios Cupido, e Himeneo, a quienes llamasteis en vuestros tonos, que os socorra, que aunque yo soy infinitamente rico, pero lo soy para los que me invocan a mí.

   Considerad, pues, que os dice el Tema, que no solo es Sacramento sino grande; y si la disposición se ha de proporcionar con la forma, ¿Qué forma tendrá de remedio quien recibe un tan grande Sacramento, sin disposición, ni chica, ni grande, sino con disposición contraria a su pureza? No habría Católico, que para recibir la Extrema-Unción previniera, ni permitiese profanos bailes, y lascivos tonos, y con estos arreos hacéis, y recibís el matrimonio, que es tan Sacramento como la Extrema-Unción, y que la excede, en que a esta solamente la recibes, pero al Sacramento del Matrimonio lo haces, y lo recibes.
   Yo (un condenado), mortales, casé como los demás: porque aunque siempre me crie con que era Sacramento, pero cuando llegó el lance ni memoria tuve de semejante cosa: todas las potencias se me la llevo la preocupación de la boda. Hallábame en pecado; pero el desempeño de la función, y la tarea del galanteo me daban entonces más pena que la culpa; antes, en vez de confesarla las aumenté con otras nuevas, ya adelantando las imaginaciones que no debía, ya tomándome licencias que entonces permiten los padres de la novia, y no las permite Dios. En fin, más comerciaba en estos días con el Sastre, y el Mercader, que con el Confesor. Con esta total inconsideración de espíritu, y con este tropel de culpas recibí el grande, y Sacrosanto Sacramento del Matrimonio.

   De un sacrilegio como este, enramado con tanta ofensa, y olvido de Dios, ¿qué podía nacer sino una selva de espinas, de discordias, de árboles para mis cruces, y troncos para mi incendio?

   Padecí en ese mundo la perpetua inquietud con mi consorte, y el tedio insufrible de su compañía, en pena de no haber recibido por falta de disposición el efecto de la unión, y paz del Sacramento. Y padezco también en este mundo la pena que corresponde a esta culpa en el género, y en la especie, en el género, porque como fue irreverencia a un Sacramento grande, es también grande su castigo; tan grande, que no cabe en tu oído para escucharlo, y cabe en mi corazón para que siempre me lo rompa su atrocidad, y siempre me lo reintegre la venganza justiciera de un Dios: En la especie, porque del Infierno abreviado que padecí con mi consorte, pasé a este Infierno tan estendido como eterno. Aquel no era continuo, pues saliendo de casa salía de él; ni era sin fin, porque con la muerte lo había de tener; pero (ay mil veces de mí) que este infierno a que me trajo aquel, ni se puede interrumpir, ni aliviar, ni fenecer: Allí podía dejar de estar con quien estaba mal, pero aquí estoy mal con la cárcel que me oprime, y ya no puedo mudar de, cárcel: Estoy mal con la compañía de condenados, y demonios, que me asustan, atormentan, y estremecen, y ya no puedo mudar de compañía: Estoy mal con la memoria de la imposibilidad de mi remedio, y no puedo arrancar de mi memoria esta memoria. En fin, estoy mal conmigo mismo, y no puedo de mí mismo deshacerme, destruirme, ni aniquilarme. Bien decían en ese mundo, que la vida de un mal casado es el noviciado del Infierno, porque aquí profesa lo que ahí empezó; pero con la diferencia incomparable, de que aquí no puede mudarse conventualidad, ni se puede anular la profesión, ni pasar a otro estado más rígido , porque ni lo hay, ni lo puede haber.

   ¡O casados, que me seguís en los odios, y discordias con vuestras mujeres, cuán presto me alcanzareis en profesar estas discordias, y odios contra vosotros mismos! Y pues en mí, y en todos son estos estragos castigos de la mala disposición con que se recibió este Sacramento.